Si hay algo que caracteriza y determina la fisonmía de Borja es su castillo. Esa joroba reseca que se alza de forma inesperada y desafiante sobre el actual casco urbano es la señal de identidad de la ciudad y fue su razón de ser desde sus orígenes hasta el siglo XVI.
Hacer una detallada explicación razonada de las fases cronológicas y de las distintas partes topográficas que componen todo el conjunto de la fortificación borjana, es algo que hoy por hoy no se puede realizar sin caer constantemente en la gratuidad. Los estudios documentales son nulos y los de carácter arqueológico, tienen que limitarse a simples observaciones superficiales, pues nunca se han realizado en él ningún tipo de excavación científica, por lo que puede afirmarse que el castillo de Borja constituye un enigma arqueológico, tanto mas cuanto se aparta de los cánones “románticos”, de lo que se entiende por castillo, ya que en realidad nos encontramos ante una compleja fortificación de gran tamaño, que sobrepasa con mucho la extensión de lo que hoy ocupa la roca omnipresente que todos conocemos como “el Castillo” por antonomasia. En realidad hay que hablar de una ciudadela mejor que de un castillo, entendiendo por ésta un espacio fuerte que contiene una serie de servicios y dependencias que pueden servir de sucedáneo a la población civil en caso de inestabilidad bélica.
El castillo de Borja se sitúa en las últimas estribaciones que hacia el valle del río Huecha tiene en la Muela de Borja. Estas se componen, en la zona que nos interesa, de una plataforma de roca arcillosa que queda cortada a pico, en mas de 20 metros, en sus caras norte y noroeste, mientras que en el lado sur y suroeste baja en rápida pendiente hasta el llano, y en la parte noroeste queda unida al resto de los montes que componen las estribaciones. Sobre esta plataforma surge una gran afloración de roca yesífera con nódulos de sílex, que en la actualidad tiene 80 metros de larga por 7 de ancho y una altura máxima aproximada de 15 metros. Es pues, sobre esta base natural donde se van a producir una serie de actuaciones humanas a través de los siglos que van a intentar acondicionar y mejorar esta privilegiada situación que la naturaleza les brindaba, para fines defensivos.
No es arriesgado asegurar que la zona del Castillo fue aprovechada por los celtíberos de los cuales, si bien no hemos podido identificar restos inmuebles, hay evidencias de cerámicas y algunos otros objetos que se mimetizan con los encontrados en el contiguo recinto de la ciudad indígena de Bursau. Lo mismo ocurre para las épocas romanas e hispano-visigodas.
Como ya hemos visto anteriormente es a partir de la implantación islámica en Borja cuando parece que la población se traslada sensiblemente hacia el sureste, apiñada bajo la fortificación. Como hipótesis podemos apuntar la posibilidad de que sea en este momento cuando mejor se organice el espacio fuerte sobre la plataforma escarpada y en torno a la roca de yeso, aunque con cierta seguridad sólo podemos atribuir a esta época el trazado y la base, en piedra sillar almohadillada, de la muralla que delimita el Cinto en su cara norte, sobre el barrio de San Juan y la calle de San Jaime. Es ahora cuando tiene que nacer el concepto de gran fortaleza o ciudadela en lo que es el Castillo de Borja. La extensión de esta ciudadela queda bien delimitada, por causa topográficas y por la existencia de la muralla que acabamos de señalar, en la parte septentrional; pero queda mucho mas difuminada en la zona sur debido a que la mayor bondad de las pendientes ha permitido la incesante construcción de casas a través de los tiempos. No obstante, para esta área la existencia del topónimo “Portaza” (antes Puerta del Cierzo) nos hace suponer que podría haber sido la entrada al recinto fortificado, que grosso modo lo podríamos identificar con el barrio de “El Cinto”, expresivo por si sólo de su carácter murado.
Todo esto ha de hacerse genérico toda la Edad Media. No obstante para la época cristiana tenemos algunos otros datos, aunque no demasiado abundantes, pero que por lo menos insisten en el hecho, que hemos venido repitiendo, de la complejidad de la fortaleza de Borja, que sobrepasa las funciones normales de un castillo mediano.
Mientras que la plaza musulmana de Borja formaba parte de una red defensiva/ofensiva trazada de este a oeste: la Marca Superior; con el paso a manos aragonesas hacia 1120, Borja pasa a conformar, junto a muchos otros castillos, torres, ciudadelas, etc., una trama militar diseñada de norte a sur, pues ahora Borja queda en la frontera entre tres reinos cristianos: Aragón, Castilla y Navarra, lo que va a suponer una multiplicación importante de su valor estratégico, prueba de ello es que este castillo y villa, junto con Magallón, permanecerán casi siempre bajo el control directo de la monarquía aragonesa.
Hay que suponer que la fortificación se compondría de una zona noble donde habitase el alcaide y sus colaboradores, albergue para tropa, cuadras, almacenes, talleres y especialmente una iglesia que se documenta como capilla real y que no estaba sujeta a la autoridad episcopal. De todo esto nada queda, tan solo hay algunos elementos arquitectónicos diseminados por el cinto y por otras partes de la ciudad, que pertenecieron a estas construcciones internas de la fortaleza; no podemos saber si correspondían a dependencias laicas o a la propia iglesia, pero el hecho es que se contabilizan una decena de capiteles sencillos, decorados con piñas en sus vértices que presentan formas habituales en la arquitectura de los siglos XIII y XIV.
Además existen algunos fustes de columnas lisas y piezas rectangulares decoradas con una acanaladura, que podrían corresponder a dinteles. Algunos de estos elementos se encuentran reaprovechados en la cimentación de uno de los pilares que se edificaron en el siglo XVI para sujetar una parte del castillo.
El momento culminante y más activo de la fortificación de Borja fue el comprendido por la Guerra de los dos Pedros, a mediados del siglo XIV, en el cual debió de sufrir importantes destrozos y reformas, debido al papel protagonista que la plaza de Borja, por su carácter fronterizo, tuvo en esta confrontación, téngase en cuenta que cuando los castellanos conquistaron Borja y Tarazona ya se daba por perdido el Reino de Aragón.
A partir de esta guerra y hasta el siglo XVI, el castillo siguió su vida militar, aunque cada vez más integrado en la vida cotidiana de la población, como lo demuestra que en Cinto, es decir prácticamente dentro de la propia fortaleza habitaron primero los judíos y tras su expulsión los musulmanes.
Pasamos ahora a describir de forma sucinta y sin entrar en precisiones, siquiera aproximaciones cronológicas, aquellas estructuras que se pueden observar o adivinar en la roca que corona la acrópolis, que en realidad no debió ser sino la torre principal del Castillo, si bien por sus características de afloramiento natural macizo, acondicionado para su aprovechamiento militar, no fue nunca adecuado para la habilitación permanente.
Se compone de dos partes, el peñón natural alargado de paredes verticales y el bastión de piedras y argamasa adosado al frente aquel, que le da su inconfundible fisonomía.
Por una parte, la roca natural fue preparada para recibir un “forro” de sillares de los que todavía quedan restos, por otra parte, se practicaron excavaciones en ella para permitir su mejor utilización, por ejemplo, hay una gran hornacina y un túnel que comunica las dos caras de la roca por su parte baja, sin tener que dar todo el rodeo y, lo que es más importante, sin salir de la estricta fortificación. En la superficie plana de la peña se puede apreciar la existencia de una subestructura rectangular excavada en la roca, revestida de mampostería, quizás un impluvium, aunque la existencia de un vano en arco, cegado en uno de sus extremos nos haga dudar sobre este aserto. En el extremo más alejado a la población existió, según unas fotografías de finales del siglo pasado y a juzgar por los restos que hemos podido observar todavía hoy, un pequeño torreón cuadrado de mampostería que protegía esta parte de la torre, más vulnerable dada su menor altura y su proximidad al cerro de la Corona, fuera ya de la muralla de la ciudadela. También es importante señalar, llegados a este punto, que aunque la roca estaba separada por una vaguada natural de los montes colindantes, fue cortada verticalmente para hacer más nítida la separación y seguramente se excavó un foso en esta parte, hoy invisible dado lo colmatado del terreno. Este corte, en la parte trasera de la roca, fue regularizado, dándole un aspecto paralepipédico, mediante el adosado de un refuerzo de cantos y argamasa con la técnica de encofrado, de idéntico aspecto que el gran bastión delantero que ahora pasaremos a describir.
Este constituye la proa del baluarte. Añadido en la roca natural, posee un frente que no es totalmente vertical, sino que su base es ligeramente más ancha que su cúspide y supone la mayor altura absoluta de todo el conjunto. La técnica de construcción fue el encofrado por medio de tablas que dejaron un hueco entre ellas y la roca que fue rellenado de piedras y argamasa de cal y arena, con un acabado de cal fina que daba al conjunto un aspecto monolítico, tan sólo roto por la escalera y puerta de acceso enclavados en la cara meridional. Esta escalera todavía puede rastrearse siguiendo las huellas que quedan de su trabazón a la argamasa. La escalera sigue una delineación en zig-zag, adosada a la pared hasta desembocar en un vano rectangular, hoy cegado, en la cima de la fortificación, pero que todavía conserva un cabezal lígneo. Este vano va a dar a un angosto espacio por el que sigue subiendo la escalera, ahora hecha en obra, hasta la superficie de la peña. Naturalmente la existencia de una escalera exterior que diera acceso a la parte más alta de la torre mermaría considerablemente la eficacia defensiva de ella, lo que fue solucionado con la interrupción de la escalera unos siete metros antes de llegar al suelo, con lo cual allí se colocaría una escalera de mano, bien de madera o de cuerda, de fácil y rápida retirada en caso de necesidad, de tal manera que este peñón fortificado quedaba totalmente aislado, sin otra posibilidad que la rendición por asedio, ya que el asalto es completamente ineficaz dadas sus óptimas características defensivas.
Todavía quedan, a los pies de la roca y especialmente en su cara norte, algunos vestigios secundarios como muros de mampostería, rellenos pertenecientes a edificaciones del castillo y un aljibe, cortado por la mitad, realizado en opus caementicium, dentro de la más pura ortodoxia romana, cuya vinculación con el conjunto fortificado es evidente, pero que no puede establecerse sin las oportunas excavaciones arqueológicas, por otra parte cada vez más difíciles de hacer dado el estado de degradación progresivo a que está sometida esta zona de la ciudad de Borja, que parece que ha olvidado cual fue su origen y su razón de ser.
Texto del libro “Borja: Arquitectura y evolución urbana”Carlos Bressel Echeverría, Concha Lomba, Ricardo Marco FraileColaboradores: Isidro Aguilera…..Colegio Oficial de Arquitectos, Delegación de Zaragoza, Sección de Cultura, 1988